Piedad: virtud que inspira, por el amor a Dios, tierna devoción a las cosas santas y, por el amor al prójimo, actos de amor o compasión. En un sentido religioso se liga con el temor de Dios.
Piedad Córdoba: política colombiana, congresista por el Partido Liberal, el Poder Ciudadano y el Pacto Histórico. Como líder social trabajó por los derechos de las mujeres y las minorías étnicas y sexuales. Fue defensora del presidente Ernesto Samper durante el proceso 8000, mediadora para la liberación de secuestrados, facilitadora del acercamiento entre las FARC y el Estado Colombiano para diferentes procesos de paz, candidata al premio Nobel de la Paz, reconocida amiga y aliada de Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Alex Saab, secuestrada por los paramilitares, hermana de Álvaro Córdoba —confeso narcotraficante preso en Estados Unidos—, acusada de enriquecimiento ilícito, concierto para delinquir y falsedad en documento público. Nació en Medellín, su papá era un profesor chocoano conservador. Hablaba duro, el color de su piel era negro y se distinguía por usar bellos turbantes al estilo de algunas mujeres africanas.
Ha muerto la política Piedad Córdoba. Pocas personas mejores que ella para ejemplarizar este país contradictorio en el que los sueños más hermosos adquieren la forma de pesadillas aterradoras. Un país dividido en el que una gran mayoría parece haber optado por fines que justifican cualquier medio, en el que la rectitud es un lujo que los individuos con ambiciones no se pueden dar y en el que las personas no son buenas, regulares o malas según la justicia de sus actos sino dependiendo de si están o no de acuerdo con nosotros.
Piedad Córdoba murió. Que en paz descanse, que Dios y aquellos a quienes ofendió la perdonen, que aquellos a quienes benefició lo recuerden, y que sus deudos sean consolados. Frente a la separación de la muerte es necesaria la piedad.
Sin embargo, como referente nacional y símbolo nuestra obligación es revelarla y analizarla para ver si de su experiencia podemos sacar algo que nos convierta en un país un poco mejor.
¿Qué dice el periplo público de Piedad Córdoba sobre nuestro país?, ¿Qué queda de este país ahora, sin Piedad?
La respuesta a la primera pregunta es que la vida de Piedad Córdoba, en muchos sentidos, sí es un reflejo, una analogía o, si se quiere, una metáfora de una Colombia. Una Colombia profunda y profundamente vinculada a esa generación de los sesenta y setenta que, en nombre del atractivo ideal de la Igualdad, estuvo y, en muchos casos aún está, dispuesta a justificar cualquier acción. No importa si esta es legal o ilegal, pacífica o violenta, piadosa o cruel. La Igualdad económica, étnica, sexual, educativa, regional, estética, la que quieran, es el talismán que sirve para todo y el antídoto que cura todo, trátese de una culpa, una humillación o una traición.
En este sentido, Piedad Córdoba y los más activos políticamente de su generación y la inmediatamente anterior, llámense Pablo Escobar, Carlos Pizarro, Ernesto Samper, Gustavo Petro, Carlos Castaño o Alfonso Cano, ejemplarizan esa Colombia que quiso y, por supuesto aún quiere, mejorar sus condiciones sociales y económicas, una Colombia que es echada para delante —cómo no—, que puede ser hasta heroica —por supuesto— pero que carece de escrúpulos. Una Colombia que bien sea por pereza, por falta de ingenio o por la rigidez de los obstáculos y prejuicios que enfrenta o cree enfrentar, es muy proclive a justificar o ejercer la violencia y a saltarse las reglas. Claro la justificación de esa Colombia es que las reglas fueron hechas por la otra Colombia —la de los ricos— para defender sus privilegios, pero resulta que cuando ellos mismos las han hecho —como por lo menos en parte sucedió y sucede con la Constitución del 91— también se las saltan, de modo que su problema no es que las reglas fueran injustas o que las hayan hecho los privilegiados, sino que existan reglas.
Mejor dicho, Piedad hace parte de ese numeroso e influyente grupo de colombianos, que está para las que sea y que está dispuesto a lo que sea —incluyendo “correr las líneas éticas”— con tal de lograr sus metas personales y políticas. En este orden de ideas, Piedad está incluida entre los colombianos que piensan que su extracción social, su raza o sus nobles ideales les dan derecho a violar la ley, a pasar por encima de cualquier persona, animal o cosa y, ojo, no solo a no ser juzgados por sus actos, sino a que el país entero se los agradezca, pues su fin es tan noble que solo enunciarlo es suficiente para limpiar cualquier porquería.
Esto nos manda al segundo interrogante: ¿qué queda de este país ahora, sin Piedad? La respuesta es exactamente esa. El país que han construido Piedad y sus millones de alter egos, es el país de la falta de compasión por el otro y cuando digo el otro me refiero al que piensa diferente. El mismo país de las patentes de corso para aquellos que creen que por ser pobres, indios, mujeres, negros o feos (ojo Piedad no lo era, al contrario, era una mujer hermosa), están legitimados para secuestrar, linchar, destruir estaciones de Transmilenio o echarle ácido a las bonitas o a los blanquitos. El mismo país berraco que, en nombre de la “justicia social” comete tantas injusticias, incluyendo la masacre. En conclusión, un país sin piedad y sin ley. Un país que ellos han construido y que no es mejor, sino muy parecido, a aquel de aquellos que creían que por ser ricos, blancos, hombres, instruidos o bellas, también tenían derecho a no respetar ni la ley ni a los demás. Su legado entonces no es mejor que lo que criticaban y contra lo que supuestamente luchaban, pues su mayor logro ha sido el de equilibrar la injusticia.
Piedad y otros, no solo ella, claro, también nos dejan una manera de hacer política que ha llevado a los más altos cargos del Estado a personas idénticas a ella situadas a ambos lados del espectro político.
No sobra decir que pienso que quizás, que de pronto, que tal vez Colombia ya no necesita tanta gente echada pa delante, tanta gente berraca que hable duro y defienda nobles ideales, sino gente comprometida con sus ideas, pero no al punto de pasar por encima de la vida, la libertad o la honra de alguien para imponerlas.